Hay momentos en que la palabra fuerte parece una exigencia que no podemos cumplir.
A menudo imaginamos la fuerza como algo físico: la capacidad de cargar un peso, seguir avanzando o permanecer de pie cuando aumenta la presión. También pensamos en la fortaleza mental, la disciplina para concentrarnos y perseverar. Sin embargo, ambas tienen límites. El cuerpo se cansa. La mente se abruma. Hasta la persona más determinada puede llegar al agotamiento.
Por eso las palabras de Pablo en Efesios 6 son buenas noticias: "Fortalézcanse con el gran poder del Señor".
La fuerza que recibimos
Pablo no nos pide producir una fuerza interminable dentro de nosotros. Nos dirige hacia la fuerza que viene de Dios. El idioma original comunica la idea de ser fortalecidos, de recibir poder en lugar de fingir que ya tenemos suficiente.
Esta diferencia es importante para mí. Cuando le pido a Dios que use mi vida, a veces me pregunto si comprendo lo que estoy pidiendo. La humanidad puede ser fría, hiriente y débil. Las necesidades a nuestro alrededor pueden parecer mayores que nuestra capacidad. Si servir a Dios dependiera solamente de mi valentía, sabiduría o resistencia emocional, tarde o temprano llegaría al final de mis fuerzas.
Pero ser fuerte en el Señor tiene muy poco que ver con demostrar mi propia fuerza. Tiene todo que ver con confiar en la fuerza de Dios.
Pablo conoció las dificultades, la decepción y la oposición. Aun así, confiaba en Dios como su aliado. No negó la realidad de las batallas espirituales. Les recordó a los creyentes que no las enfrentarían solos. Dios les daría lo necesario para permanecer firmes.
Prepararnos para el día
Pablo describe esa provisión como la armadura de Dios: la verdad como cinturón, la justicia protegiendo el corazón, la disposición de llevar el evangelio de paz, la fe como escudo, la salvación protegiendo la mente y la Palabra de Dios como espada del Espíritu. Al final, destaca la oración.

Cada parte de la armadura nos aleja de la autosuficiencia. La verdad nos sostiene cuando el temor distorsiona lo que vemos. La justicia nos recuerda que nuestra vida pertenece a Dios. La paz transforma la manera en que entramos en situaciones tensas. La fe nos ayuda a confiar cuando las circunstancias no han cambiado. La salvación afirma nuestra identidad. Las Escrituras nos dan palabras de esperanza, corrección y valor. La oración nos mantiene conectados con Aquel que nos fortalece.
Ponernos la armadura de Dios no es un espectáculo. Es una práctica diaria. Puede significar leer la Biblia cinco minutos más antes de buscar otra distracción. Puede ser orar por la persona que pone a prueba nuestra paciencia. Puede ser decirle a Dios con sinceridad que sentimos miedo, cansancio o incertidumbre. Puede ser detenernos antes de una conversación difícil y pedir paz y sabiduría.
Escoge un área de tu vida espiritual que necesite atención. No la veas como otra meta que debes alcanzar perfectamente. Mírala como un lugar donde Dios quiere encontrarte.
Sostenidos en el cansancio
Tal vez enfrentas una situación insoportable. Quizá sientes la tentación de rendirte porque las circunstancias no han cambiado. En ese momento no tienes que depender únicamente de tu propia fuerza. Acércate a Dios en oración. Pídele paz cuando tus pensamientos corran, valor cuando quieras retroceder, sabiduría cuando no puedas ver el siguiente paso y misericordia cuando tu alma se sienta quebrantada.
La situación quizá no cambie de inmediato. Pero al volver a Dios, algo dentro de ti puede comenzar a cambiar. Puedes descubrir una mayor capacidad para perseverar sin perder la esperanza. La fuerza no siempre significa ausencia de cansancio. A veces significa permitir que Dios te sostenga mientras estás cansado.
Cuando se terminan tus fuerzas, no has fracasado. Has llegado al lugar donde puedes recibir lo que Dios siempre ha querido darte.
Sé fuerte en el Señor, no porque puedas cargar cada batalla, sino porque nunca cargas una batalla a solas.
Una pregunta para reflexionar
¿Dónde sigues exigiéndote una fuerza que Dios te invita a recibir de Él?
Una breve oración
Señor, he llegado al límite de mis propias fuerzas. Ayúdame a permanecer en tu verdad, caminar en tu paz y confiar en tu poder. Dame valor y sabiduría para lo que tengo delante hoy. Amén.
